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21.11.2012

'En Siria el peligro viene desde el aire'

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El cirujano británico Paul McMaster acaba de regresar de Siria. Allí ha estado tratando a los heridos en un quirófano montado inicialmente en una cueva y después en una granja. Experto en cirugía de guerra, define el tipo de peligro que vivió en Siria como “el más opresivo”. A continuación, relata su experiencia:

"Volé a Turquía y después subimos las montañas cerca de la frontera. Allí nos recogió un guía que nos condujo a través de bosques y colinas hasta Siria.

MSF cuenta con cuatro equipos quirúrgicos en la zona de conflicto al noroeste de Siria. Nuestro equipo trabajaba en una cueva en la que nos introdujimos por una entrada muy pequeña. En su interior había instalada una tienda inflable que hacía las veces de quirófano y seis camas de urgencia. Trabajábamos en una zona que hervía de actividad, y resultaba difícil moverse. Aún así, hay que destacar el hecho de que logramos crear un entorno estéril con el equipamiento quirúrgico adecuado, en principio solo era una polvorienta cueva de yeso.

Vivíamos en una pequeña aldea a 15 minutos de allí. La mayoría de nosotros dormíamos en el suelo del sótano de la mezquita. Los habitantes del pueblo estaban contentos de que estuviésemos allí. Cada día una señora de la aldea nos hacía unas tortas de pan, así que nos alimentábamos básicamente de pan y alubias.

Gran parte de los habitantes de la zona se han marchado a campos de refugiados al otro lado de la frontera con Turquía. Sin embargo, se han quedado muchas mujeres, niños y ancianos, en una zona que sufre diariamente el impacto de cohetes y bombas.

Los helicópteros sobrevuelan las ciudades y las inspeccionan detenidamente antes de lanzar bombas que al caer provocan enormes explosiones y destruyen los edificios.

Al explotar en las montañas, las bombas causan explosiones ensordecedoras que resuenan en varios kilómetros a la redonda, sembrando el pánico entre la población. Durante nuestra última mañana en la cueva, varias bombas cayeron en un radio de doscientos metros de donde estábamos nosotros, haciendo temblar todo y provocando una gran polvareda. La realidad es que no sabías si estabas más seguro dentro de la cueva que fuera, y la sensación de peligro perturbaba a todo el mundo, especialmente a los heridos y los niños.

Nuestro equipo estaba formado por un cirujano, un anestesista, una enfermera de urgencias, dos médicos y una enfermera siria de unos treinta años, que era un ejemplo para todos: nunca estaba cansada, lo organizaba siempre todo y jamás dejaba de sonreír . Además, el equipo contaba con once mujeres del pueblo a las que formábamos rapidamente para que pudieran encargarse de los cuidados más básicos.

La mayoría de nuestros pacientes eran civiles: ancianos, mujeres, niños, incluso bebés. Muchos habían resultado heridos en bombardeos y presentaban heridas de metralla. A veces las heridas no eran demasiado graves, pero emocional y psicológicamente eran devastadoras.

Una noche, nos llamaron y nos encontramos a dos mujeres muy afligidas con tres bebés que no dejaban de llorar. Su casa había sido totalmente destruida por una bomba y los niños tenían trozos de metralla incrustados en sus caras; las heridas no eran mortales, pero sí muy dolorosas.

Otra noche un grupo de combatientes muy alterado trajo a un hombre de unos treinta años. Una bala le había atravesado el pecho. Teníamos muy pocas reservas de sangre y su estado era tan inestable que dudé de que sobreviviera aquella noche. Pero lo logró, demostrando una determinación impresionante.

Recuerdo a otro hombre que vino con heridas de metralla en la pierna. La explosión le había dañado el nervio pero no la arteria principal. Había perdido dos o tres familiares en la detonación. Lo operamos, pero después perdió toda motivación por recuperarse: había perdido su casa y a muchos miembros de su familia, y se enfrentaba a una herida potencialmente discapacitante. Es una situación siempre difícil para las personas.

En el transcurso de cinco o seis semanas, practicamos unas 100 operaciones y tratamos a muchos heridos. También visitamos a diabéticos que se habían quedado sin medicación, a niños con asma, a mujeres que necesitaban cesáreas. Estas personas llevan más de un año sin acceso a atención médica efectiva. Algunos puede que logren llegar a Turquía atravesando las montañas y recibir tratamiento allí, pero muchos no cuentan con esa opción.

Cuando nos enfrentamos a un herido, los cirujanos lo tenemos bastante claro. Hacemos lo que se denomina “limitación del daño” para detener las hemorragias e intentar reparar los órganos internos que hayan resultado dañados. La dificultad llegaba cuando pasábamos a la fase reconstructiva: los temas como fisioterapia, rehabilitación u ortopedia más compleja eran algo que no podíamos hacer en la cueva.

La situación era agobiante. Cuando quedó claro que médicamente no podíamos ocuparnos debidamente de los pacientes en la cueva, la cerramos y nos traladamos todos a un nuevo emplazamiento, una granja, aunque al final no supuso una gran mejora.

El nuevo hospital era un edificio largo y abierto, y en el espacio de unos cuatro o cinco días los logistas consiguieron montar un quirófano hinchable, una zona de triaje para urgencias, una unidad de esterilización, un ambulatorio y una zona de hospitalización y recuperación: fue todo un logro.

No era el lugar perfecto, todavía se parecía a una granja, pero había mucho más espacio para atender a los heridos. Trasladamos la mitad de los pacientes un jueves y el resto el viernes. El sábado estábamos ya operando en el nuevo emplazamiento.

He trabajado con MSF en muchos lugares complicados: zonas en guerra de países como Sri Lanka, Costa de Marfil y Somalia, pero aunque allá era peligroso trabajar en el terreno, en Siria el peligro viene desde el aire. El saber que siempre hay un helicóptero volando por encima tuyo es un tipo de amenaza mucho más opresiva.

Muchas de las poblaciones parecen ciudades fantasma, con edificios destruidos por las bombas, y en ellas se respira un ambiente de desesperanza e impotencia. La mayoría de sus habitantes viven en sótanos y bodegas. Llevan ocho o nueve meses sin electricidad y los más vulnerables son los que lo pasan peor. Para la población civil, que trata de encender hogueras en los sótanos, éste va a ser un largo, peligroso y frío invierno.
 

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