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28.06.2013

Irán: sobrevivir en los barrios del sur de Teherán

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Desde hace más de un año, Médicos Sin Fronteras (MSF) trabaja en Darvazeh Ghar, uno de los barrios más pobres de Teherán, al sur del Gran Bazar. Allí, viven codo con codo comerciantes, vendedores ambulantes y también toxicómanos, prostitutas o niños de la calle. Para estas poblaciones de riesgo, acceder a la atención sanitaria es especialmente difícil.

Teherán es una megalópolis de más de 12 millones de habitantes que se extiende a lo largo de una veintena de kilómetros y parece querer tragarse la montaña. A la salida del norte de la capital, bajo un cielo contaminado, se espera que uno pase el tiempo contemplando, parachoques contra parachoques, los murales recién pintados al borde de la autopista. Poco menos de una hora más tarde, según el tráfico, atravesamos una parte del Gran Bazar y pasamos por delante de la estación, y después por el entramado de pequeñas calles de Darvazeh Ghar, hasta llegar al fin a un bonito inmueble de obra vista de tres pisos donde se encuentra la clínica de MSF.

"La mayoría de las personas como yo no conocen Darvazeh Ghar, vienen a la calle Molavi solo para comprar cortinas y después se van, explica Mona, comadrona de MSF. "Cuando les digo a mi familia o a mis amigos que tenemos una clínica aquí y que recibimos a toxicómanos, a prostitutas y a muchas personas muy pobres, no se lo pueden creer". El Gran Bazar atrae a comerciantes de todo tipo y a jornaleros que sobreviven de pequeños trabajos de mantenimiento o de construcción. Los alojamientos cuestan poco, y a menudo están totalmente descuidados. Aquí es donde acaban todos aquellos que carecen de medios para vivir en otras partes.

"Cada día, recibimos refugiados, 'gitanos', mujeres embarazadas toxicómanas, prostitutas… Para estas personas es difícil pagar por la atención médica, y no pueden tampoco ir a las clínicas del Ministerio de Sanidad de Irán. Aquí les tratamos de forma totalmente gratuita" explica Mona. Marginadas, estigmatizadas, temiendo a veces ser arrestadas o encarceladas, estas mujeres no siempre disponen de la documentación en regla que les permitiría acceder al sistema público de salud en Irán. Cada día, Mona recibe una treintena de pacientes en su consulta: seguimiento del embarazo, seguimiento médico de las madres y de los recién nacidos tras el parto, consejos de planificación familiar y anticoncepción.

"Para las prostitutas, esta clínica es una puerta a la esperanza, declara Zarha, enfermera. Cuando vienen por primera vez, se muestran desconfiadas, pero a la tercera visita son totalmente distintas, se sienten más cómodas saben que no vamos a hacerles ningún daño y que estamos aquí para atenderles en todo lo que necesiten. Este lugar es el único donde pueden recibir atención médica cuando la necesitan." Zarha se encarga del triaje, examina a todas las pacientes y define un orden de prioridades en función de la gravedad de su estado. La sala de espera es una etapa no exenta de tensiones, pues no resulta nada fácil que velos negros integrales y labios rojo chillón compartan pacientemente el mismo espacio.

Shukrieh tiene 22 años y es madre dos hijos. Ha venido a vernos a la consulta de MSF por su hijo menor aconsejada por el centro de desintoxicación donde recibe metadona y apoyo social. "Mi hijo está enfermo, se golpea la cabeza contra la pared, a veces cierra tan fuerte los puños que no podemos abrirle la mano". El muchacho padece crisis de epilepsia. Shukrieh se casó a los 17 años. "No me convertí en drogadicta cuando me casé, ya lo era cuando vivía con mi madre. Mi madre y mis hermanos eran toxicómanos."

Cada día, acude al centro para recibir su dosis de metadona. "Antes tomaba 25 comprimidos, ahora son tres cucharillas de café de jarabe. Pero si llego demasiado tarde, ya no dan más." Para acabar de complicar las cosas para estas mujeres que ya las tienen bastante difíciles, el centro de sustitución ha fijado una franja horaria fuera de la cual ya no se administra más metadona y tienen que esperar y regresar al día siguiente. "La casa está plagada de ratones, y llena de grietas. Pero no puedo pagar un alquiler. Mi marido es afgano, no tiene permiso de trabajo, y si encuentra un trabajo, lo que gana apenas le da para cubrir los gastos diarios. Como no tiene permiso, corre el riesgo de ser arrestado y enviado de vuelta a Afganistán, cosa que ya ha pasado una vez." Sus dos hijos, aferrados a ella, juegan con su velo negro. Shukrieh habla ocultando su boca para no dejar ver sus dientes. "Nuestra vida no es más que ruinas".

Se levanta, se arregla su gran velo negro y reúne a sus hijos que revolotean a su alrededor impacientes. Tiene que darse prisa para llegar a la hora al centro, recibir su dosis de metadona y aguantar hasta el día siguiente.

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