México: Migrar, una caravana desde adentro  

Nadie elige caminar hasta que los pies revientan; la caravana es la única salida cuando se agotan las opciones para trabajar o vivir con dignidad.

Por Derly Sánchez Arias, coordinadora de MSF en Tapachula. 

Las caravanas de migrantes son grupos organizados que avanzan —a menudo a pie— para intentar protegerse frente a la violencia y la ausencia de rutas seguras, buscando visibilidad y reduciendo de alguna manera los riesgos. En el imaginario común, se perciben como un desafío logístico o un flujo masivo de personas. Sin embargo, desde la mirada de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Tapachula, al sur de México, la caravana refleja un contexto donde las condiciones de vida han llegado a un punto límite, forzando a las personas a buscar otras salidas. 

La noche del 20 de abril de 2026, tras horas de lluvia, cerca de mil personas salieron de Tapachula, Chiapas, y tomaron la carretera costera. Llevaban lo mínimo: agua, algo de comida, sus pertenencias. No marchaban por estrategia ni por provocación. Caminaban porque quedarse ya no era una opción. Después de más de 25 días caminando hoy, mantienen la idea de llegar a Ciudad de México o alguna otra ciudad que les brinde la posibilidad de trabajar y conseguir una vida digna. 

Una de las raíces de esta movilización está en Haití, donde la crisis humanitaria, la violencia armada, el colapso institucional y el deterioro del sistema de salud han hecho inviable la vida cotidiana. No se trata solo de inestabilidad política: es una crisis humanitaria en la que familias enteras huyen no solo de la pobreza, sino de una violencia que utiliza los cuerpos —especialmente de mujeres y niñas— como territorio de guerra. Buscan, por encima de todo, protección y una posibilidad mínima de futuro.  

Al llegar a México, esa expectativa se enfrenta a un nuevo límite: Tapachula. La ciudad funciona como un doble bloqueo. Es puerta de entrada y, al mismo tiempo, un punto de contención donde el tiempo se estanca. Sin acceso ágil a documentos como la Clave Única de Registro de Población (CURP) —un identificador oficial indispensable para trabajar, acceder a servicios o realizar trámites en México— o a un estatus legal, miles de personas quedan atrapadas en la informalidad, sin posibilidad real de rehacer su vida. 

Djosymar Vialski Joseph 
Joven haitiano de 23 años que huye de la violencia de su país Natal, Haití, junto a sus dos hijos. Salió en el 20 de abril en una caravana desde Tapachula, arriesgándose a tramos peligrosos a la delincuencia, la falta de refugios y falta de comida; intentado llegar a Ciudad de México, unos 1.200 kilómetros de carretera.

“Es la única esperanza que me queda. Si miro atrás, no hay futuro para mí. En Tapachula, no tener trabajo ni papeles es lo normal. Yo no quiero volver a eso”, dice Djosymar Joseph, tiene 23 años, proveniente de Haití y quien va en la caravana y quien comenzó sus estudios universitarios y tuvo que dejarlos por buscar un futuro seguro. “La esperanza es lo que me impulsa a seguir es ayudar a mi abuela –que se quedó en Haití-, cuidarla. Para mí, ella lo es todo, es mi motivación” Cuenta Djosymar, visiblemente afectado por la situación. 

Lemeus, es un joven de 23 años que también había comenzado la universidad y quien también salió de Haití huyendo, lo resume así —en Creole, su lengua natal—: “Pasé varios días sin comer para pagar la casa… dejas tu país porque no está bien, pero llegas aquí y enfrentas lo mismo”. Sus testimonios muestran la continuidad del sufrimiento a lo largo de las fronteras. Sin ingresos estables, acceder a vivienda o alimentación se vuelve incierto. A ello se suman la barrera del idioma y una cultura distinta que dificultan la integración.  

Lemeus Emmanuel 
Haitiano de 23 años que salió de su país huyendo de la violencia. Estaba estudiando en la universidad. Salió en el 20 de abril en una caravana desde Tapachula, enfrentando un calor inclemente, intentado llegar a Ciudad de México, unos 1.200 kilómetros de carretera. 

Durante 2025 y lo que va de 2026, nuestras clínicas móviles han atendido a más de 1.400 personas en siete caravanas. El 95% de los pacientes son mayores de 15 años y el 66% mujeres.  

En Tapachula, entre 20.000 y 50.000 personas permanecen en espera —según estimaciones de organizaciones locales no gubernamentales—. En consulta, nuestro equipo es testigo de cómo el patrón se repite: mujeres, hombres e infancias que han huido de la violencia y se encuentran con nuevas formas de vulnerabilidad. Las afectaciones no son solo físicas; las consecuencias en salud mental son menos visibles, pero profundas. Pacientes crónicos que llevan meses sin recibir tratamiento, personas que viven en hacinamiento, a veces sin comida ni agua potable, niños y niñas desescolarizados que se rebuscan la vida en las calles de la ciudad, sin éxito. 

Caminar bajo un sol abrasador, con ampollas abiertas, no es una elección ni una estrategia sofisticada. Es una respuesta al estancamiento. La caravana en su avance evidencia los límites de una respuesta que no logra resolver la situación.  

Seguir interpretando las caravanas como una amenaza es no entender lo esencial. Son el resultado de contextos que expulsan, y de trayectorias marcadas por la espera, la incertidumbre y la falta de alternativas reales. Son también la expresión de una herida abierta: la violencia que expulsa desde el origen que miles, millones de personas continúan viviendo en cada etapa del trayecto, en el tránsito, en las fronteras, en los rechazos y en la indiferencia. Mirarlas como una amenaza es negar la dignidad de quienes, aun en medio del dolor, siguen caminando con la esperanza de encontrar un lugar donde volver a empezar y vivir sin miedo. 

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