Un día en un hospital en el norte de Siria

Tal Abyad: Ismael en la tumba de su amigo y primo Hout, quien murió en combate 48 hs antes de que se tomara esta foto. ©Chris Huby

Nuestra compañera Diala Ghassan narra su visita al hospital de Tal Abyad, en la gobernación siria de Raqqa.

CAMINO A RAQQA

Carteles que dicen «las mujeres son la revolución» y «no emigraré» me dan la bienvenida al norte de Siria. Pero no parece, en principio, un lugar en guerra. A ambos lados de la carretera se extienden campos de trigo y olivares. A pesar de todo, Siria sigue teniendo el olor a tierra fresca y a pan recién horneado que recuerdo de mi infancia.

Sin embargo, al rato empiezan a aparecer en el camino los carteles con las fotografías de los que han muerto en los combates. A partir de entonces, todo recuerda al conflicto: el gran muro construido para separar el norte de Siria de Turquía, los boquetes dejados en las paredes por las bombas, los edificios derruidos, las aldeas, e incluso las ciudades, arrasadas…

A 120 KM DEL HOSPITAL

Nos dirigimos al hospital Tal Abyad, en la gobernación de Raqqa, situada en la frontera con Turquía. El centro fue alcanzado por los bombardeos y durante un par de meses apenas pudo funcionar. Su estructura fue dañada y la mayor parte del equipo médico fue saqueado. Nosotros le damos apoyo en los servicios de pediatría y maternidad y al quirófano. Hasta aquí llegan pacientes de ciudades y pueblos cercanos, pero también desde lugares que están hasta a 120 kilómetros de distancia, como Raqqa capital, Deir Ezzor y Al Tabqa.

Las calles colindantes al hospital están llenas de escombros y hay edificios a medio reconstruir. También sorprende la cantidad de perros callejeros que hay. Tiene su explicación: los sirios que vivían en esta zona eran en su mayoría agricultores y muchos de ellos tenían ovejas u otro tipo de ganado y también uno o dos perros para proteger los animales. Cuando huyeron de los combates, algunos dejaron atrás rebaños y perros, pensando que regresarían a los pocos días, a las pocas semanas a lo sumo. Pero no. Así que, cuando se quedaron sin comida, los perros empezaron a devorar los cadáveres y ahora siguen vagando por las calles y son peligrosos. Pero como nos dijo uno de los habitantes del barrio:

“No podemos matarlos, ya tenemos bastantes muertos en este país”. 

EN EL HOSPITAL DE TAL ABYAD

Ya en el hospital, hablo con uno de los médicos. Es de Raqqa capital. Se marchó de allí porque no había suficiente material médico ni equipos para poder seguir haciendo su trabajo. Había más de 60 cirujanos en la ciudad; «ahora solo quedan tres», dice. Decidió asentarse en Tal Abyad porque aquí hay poco personal médico y las necesidades son enorme. Según me cuenta, reciben casos de emergencia y quirúrgicos todos los días, relacionados con la guerra o no, aunque la mayoría son heridos por artefactos explosivos, minas y trampas.

 

Como el niño que encuentro tumbado en una cama de la sala de rayos. Lleva un ojo cubierto con un vendaje y tiene heridas por todo el cuerpo; lleva la camiseta manchada de sangre. Pregunto al médico, pero es el padre quien responde, con lágrimas en los ojos.

“Estaba jugando con una batería que encontró en el jardín”, cuenta. Pero en realidad era una trampa explosiva.

Solo tiene 8 años y ha perdido el ojo. Tiene además una lesión abdominal y heridas de metralla por toda la parte superior del cuerpo. Al parecer, su hermana menor estaba de pie junto a él, pero sus heridas no fueron tan graves. También me lo cuenta el padre. Que la familia es de Tishrin, un área en la que hasta hace poco había combates y que ahora está plagada de minas y municiones sin explotar. No es la primera vez que un niño de la ciudad resulta herido por un artefacto explosivo.

Esta guerra es injusta. Injusta para él y también para toda su generación.

Más adelante, el pequeño necesitará cirugía ocular. Y esa cirugía no está disponible en Tal Abyad, por lo que tendrá que ser trasladado a Qamishli o a un hospital fuera de Siria. Ese en el mejor de los casos, claro, ya que, si su familia no puede permitirse ese gasto, el niño vivirá con la lesión para siempre. Esta guerra es injusta. Injusta para él y también para toda su generación.

El personal médico del hospital y nuestros equipos no dan abasto tratando desesperadamente de que el hospital sea todo lo funcional posible para una zona de guerra, donde los suministros médicos y los equipos pueden tardar años en llegar, donde los retrasos y carencias son el pan de cada día. Como las vacunas. El principal desafío para los equipos de vacunación es que a veces no tienen tantas como necesitan; los más perjudicados son los niños menores de 5 años de los pueblos que rodean a Tal Abyad, que es adonde se desplazan nuestros equipos de vacunación.

Niños sin vacunar

Los vacunadores trabajan en el hospital un día a la semana y, el resto del tiempo, se desplazan a estos lugares con clínicas móviles. Los equipos están formados por tres personas que, en cada jornada, vacunan a unos 100 niños en cada pueblo que visitan. Algunos de los niños no han sido vacunados antes, ya sea por la falta de vacunas o porque los padres no son conscientes de lo importantes que son para la salud de sus hijos.

Las salas de hospitalización están repletas. La mayoría de los pacientes están dormidos. Me acerco a uno de los pocos que están despiertos; me percato de que a este joven le han tenido que amputar una pierna. Una casa de su pueblo fue bombardeada en un ataque aéreo y murieron 14 miembros de una familia. “Un amigo se enteró y vino a buscarme a casa”, cuenta el joven. “Queríamos ver si podíamos salvar a alguien”, añade, recordando que ambos se subieron a su bicicleta y pusieron rumbo al lugar.

“Fue entonces cuando una mina explotó debajo de nosotros. Mi amigo quería salvar vidas, pero perdió la suya”.

Un largo silencio llena la habitación. Es solo un día en un hospital en el norte de Siria. ¿Cómo habrán sido estos siete años de guerra?

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