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Verónica Nicola

Médico/a- Entre Ríos, Argentina
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Verónica Nicola, médica pediatra, trabajó en misiones de MSF en seis países: Irán, Afganistán, República Democrática del Congo, Zimbabue, Haití y en los territorios Palestinos.

Ahora en Argentina, reflexiona sobre su experiencia a lo largo de los años que estuvo con la organización. Conocé su historia:

"Mi nombre es Verónica Nicola, tengo 37 años y soy médica pediatra. Desde niña siempre me gustó interactuar y ayudar a los demás; me atraía mucho todo lo relacionado con la antropología, lo sociológico y comunitario. La verdad es que no necesariamente había pensado en ser médica, pero al llegar la hora de elegir mi carrera leí un artículo de un diario que me ayudó a tomar la decisión. Justamente hablaba sobre una de las tantas crisis nutricionales que siguen asolando año tras año a Somalia. En este artículo se relataba la tarea de los trabajadores humanitarios en su intento de ayudar a disminuir las muertes y el sufrimiento de los somalíes. En ese momento algo en mí me dijo que eso era lo que yo quería hacer.

Por suerte o coincidencia, como uno lo quiera llamar, cuando cursaba el 5to año de medicina en la Universidad Nacional de Córdoba una médica cordobesa que trabajaba para Médicos Sin Fronteras fue invitada a dar una charla en la universidad. Inmediatamente me contacté con ella para que me contara su experiencia y así conocí y me acerqué a esta organización médico-humanitaria.

Hoy ya llevo más de 6 misiones en 3 continentes. He trabajado tanto en grandes ciudades con personas excluidas socialmente, como en medio de montañas aisladas donde las madres deben viajar durante horas y horas para poder controlar su embarazo o traer a su hijito enfermo. He aprendido a apreciar y respetar la diversidad y a comunicarme con pares de las formas más inimaginables. He tenido que hacer procedimientos médicos que nunca antes había hecho y que gracias al coraje y la entrega del paciente le han salvado la vida. He aprendido a escuchar de otra forma, de esa forma en la que uno se siente parte de esa realidad, siente que lo que le pasa al otro no le es ajeno sino propio. He aprendido a bailar música africana y a llevar un velo en mi cabeza para respetar la cultura islámica. He hecho muchos buenos amigos con quienes compartí momentos tensos y difíciles y otros de intensa alegría y felicidad.

Irán, Afganistán, Palestina, República Democrática del Congo, Zimbabue, Haití… muchos países, distintas realidades, diferentes idiomas, paisajes variadísimos, climas extremos… pero en el fondo, a pesar de las distancias culturales, los seres humanos somos muy parecidos cuando estamos expuestos a necesidades primordiales, cuando lo indispensable es poder comer y tener un lugar donde dormir. Por eso, para mí es difícil elegir una misión sobre otra. Siento que cada uno de estos lugares, y por sobre todo su gente, me han hecho crecer de alguna forma en particular.

Hay amigos que te preguntan si es duro, difícil… yo les cuento que sí, que es arduo estar lejos de la familia y los amigos pero cuando uno está en misión se hace su propia familia “temporal” con los compañeros de ruta, con quienes convive. También está la gran familia extendida formada por la comunidad donde te encuentras en ese momento; personas que te enseñan sus costumbres, te cuidan y apoyan para que te sientas “en casa”. El día a día pasa rápido entre el trabajo en un hospital o haciendo clínicas móviles; buscando a la gente más vulnerable, más desprotegida, dialogando (o a veces, discutiendo) con las autoridades por alguna causa justa; investigando algún brote de sarampión o cólera; programando una campaña de vacunación; jugando con los niños en el Centro Nutricional adonde fueron para tratarse de malnutrición, o festejando el alta de un paciente que cuando llegó pensábamos que no sobreviviría. Y cuando ya te acostumbraste a tu vida allí, llegan las vacaciones o la vuelta a tu tierra querida… y descansar para reponerte y acumular energía para salir en una nueva misión.

Yo siento que este trabajo es de los más reconfortantes y estimulantes que puedan existir. Sin embargo, como con muchas otras cosas buenas que nos pasan, uno siente que no se puede seguir haciendo esto toda la vida. Llega un momento en el que el cuerpo y la mente te piden parar de deambular y afincarte en un lugar.

En este momento he decidido seguir colaborando con Médicos Sin Fronteras desde aquí, desde mi país, con el bagaje de mi experiencia como asociada y transmitiendo el mensaje de la gente que lamentablemente todavía necesita de organizaciones como Médicos Sin Fronteras para que se respeten y resguarden sus derechos.

Ojalá mucha gente sienta la importancia de ayudarnos y acompañarnos. El mundo necesita que trabajemos y luchemos por lo que creemos justo. Y para esto no es imperativo volar a China o al Congo, se puede participar desde donde uno está, con lo poco o mucho que uno tenga para dar y compartir. Ojalá el mañana nos encuentre más unidos."

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