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Guillermo Giarratana

Logista- Santa Fe, Argentina
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Guillermo Giarratana es logista, oriundo de la provincia de Santa Fe y trabaja junto a Médicos Sin Fronteras (MSF) desde el 2002. Como nos comentó en su anterior entrevista, ha trabajado en contextos como Myanmar, Irak, Congo, Somalia, Kenia, Colombia, Darfur, Guatemala, Honduras e incluso en la intervención que MSF realizó en Argentina en 2001, en donde se brindó apoyo para abastecer a hospitales del norte del país de insumos y medicamentos luego de la crisis. A comienzos de este año, Guillermo se desempeñó primero como asesor logístico y luego como logista de terreno en el proyecto de Malakal, en Sudán del Sur, donde debió llevar adelante la evacuación de los equipos debido a los enfrentamientos armados.

“El conflicto en Sudán del Sur lleva bastante tiempo y si bien comenzó más vinculado a lo político, terminó derivando en una dinámica de tipo étnico”, comenta Guillermo. “A nivel médico y en términos de nuestra intervención, lo que sucedió es que se empezaron a producir combates de mucha violencia: ciudades arrasadas, pueblos quemados, robos y quema de mercados, con una lógica que devino en una espiral de violencia que produjo un fuerte desplazamiento interno de población, donde la gente huía con lo poco que tenía”, agrega acerca de su experiencia.

“En consecuencia, atendíamos por un lado cirugía de guerra a raíz de los combates y las heridas de arma de fuego, y por el otro cuestiones como la falta de acceso al agua y la falta de alimentación, en una población que ya de por sí se encuentra en una situación muy vulnerable, con un nivel nutricional bajo y un acceso a la salud muy limitado, a tal punto que MSF ha sido un actor principal en la salud de Sudán del Sur en los últimos años”, explica Guillermo. “Durante el conflicto sufrimos algunos incidentes y robos de equipos o materiales, con un nivel de violencia muy alto. Esto se dio no sólo en Malakal sino también en otras ciudades, y llevó a que lamentablemente tuviésemos que evacuar a parte de nuestro personal”.

¿Cómo se decide y cómo se lleva a cabo una evacuación?

A nivel de terreno, el coordinador del proyecto es la persona que va siguiendo la dinámica del conflicto, cómo evoluciona y que eventualmente, junto al jefe de misión, deberá decidir si es necesario llevar adelante una evacuación en caso de que la situación de seguridad no cumpla con ciertos parámetros mínimos. En ese caso, hace falta tener muy aceitada toda la maquinaria y haber previsto esa posibilidad para anticiparse a los hechos. Mi rol como asesor logístico en la sede de Médicos Sin Fronteras en Nairobi tuvo que ver con ese último aspecto: por un lado, daba apoyo en lo que tenía que ver con abastecimiento (materiales, todo lo que hay que enviar a terreno), pero también me ocupaba de tener todos los medios preparados para poder seguir el procedimiento en caso de que se tomase la decisión de evacuar.

¿Cuál fue tu responsabilidad en este caso en particular?

Mi responsabilidad principalmente, junto a otros colegas de la organización, fue la de coordinar los aviones, la llegada, el aterrizaje y el traslado del personal hasta el lugar. Una vez que llegaron los aviones, cargaron todo rápidamente y afortunadamente salió todo bien.

También formaste parte de la misión exploratoria que volvió a Malakal después de la evacuación, ¿con qué se encontraron?

Después de cuatro o cinco días, una vez que los combates pararon, volvimos con un pequeño equipo de exploratoria a ver cómo habían quedado las cosas. La ciudad estaba arrasada, varios barrios quemados, la gente viviendo en campos de refugiados fuera de la ciudad e incluso en el hospital de Malakal. Había unas 3000 personas que se habían refugiado en el hospital, que tendría unas 70 u 80 camas. A nivel de saneamiento las letrinas obviamente no daban abasto, había muchísima basura y suciedad… eran imágenes muy fuertes que hacía tiempo que no veía. Había cuerpos sin vida en las calles o en las casas, por lo que la gente también estaba muy asustada y no quería volver. La situación era muy inestable, el mercado central había sido arrasado y quemado, era todo muy caótico. Durante tres semanas no había alimentos disponibles, teníamos dificultades logísticas inmensas. El tema de agua y saneamiento era un gran problema, además de los heridos de guerra.

¿Cómo se maneja una situación así a nivel humano?

Un momento muy importante después de una situación traumática como esta es reunir a todo este equipo de nuevo, para compartir cómo cada uno lo vivió personalmente. En ese sentido, hay dos cosas que a mí me gustarían destacar: primero, el rendimiento de nuestros equipos que estaban trabajando en Malakal antes de que tuviéramos que evacuarlos, con más de 150 intervenciones quirúrgicas por día en un contexto donde todo era muy limitado, desde las herramientas hasta los medicamentos. Un rendimiento impresionante, con muchísimas horas de trabajo por día y un equipo súper comprometido, bajo stress y una gran demanda. Y lo segundo de lo que estoy absolutamente orgulloso como parte de Médicos Sin Fronteras, es la voluntad férrea de estar ahí y de querer volver. Una especie de empecinamiento, en el sentido positivo, por estar donde sentíamos que teníamos que estar. Creo que en este tipo de situaciones se muestra cuán aguerridos somos en Médicos Sin Fronteras cuando la situación es crítica. Por un lado es un orgullo y una satisfacción, pero también algo importante para transmitir a la gente que nos apoya: que cuando hay que estar, estamos. Y estamos para estar al lado de la gente, porque compartimos esa empatía por el sufrimiento de la persona que está ahí.

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