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Ángela Uyen

Médico/a- Perú
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Ángela Uyen, médica peruana, realizó dos misiones con Médicos Sin Fronteras (MSF). En 2010, estuvo trabajando en Haití, en el hospital de Bicentenaire, que fue montado en el edificio de una clínica dental luego del terremoto que sacudió al país hace más de dos años, y donde MSF llevó adelante la mayor intervención de su historia. En 2011, viajó a República Democrática del Congo, donde estuvo trabajando en el proyecto de MSF en Shabunda.

En esta ocasión, Ángela comparte con nosotros algunas de las anotaciones que realizó en el terreno, y nos cuenta sobre su primer experiencia de trabajo humanitario con MSF:

“Mi primera misión fue trabajando en el Hospital Bicentenaire, en Puerto Príncipe, como médico de terreno. Para llegar allí, teníamos un camino de una hora y media. Al recorrer la ciudad, se veía un cuadro multicolor impresionante. En todos lados, de fondo se escucha Compa (la música típica de Haití), los ruidos de mercado, y los gritos de la gente ofreciendo sus productos.

Mientras te tratas de sumergir en las historias e imaginas la vida de los que vienen y van, sonrío por la ventana del auto y los niños te devuelven la sonrisa. Es la mejor manera de recargar las energías matinales: nada me hace comenzar mejor el día que el saludo “Bonjour Sans Frontieres!” que me dice una niña pequeñita mientras su padre la toma de la mano para llevarla al colegio. Damos vuelta a la esquina y nos espera el letrero de “Hopital Bicentenaire MSF.” Una vez que cruzas la entrada, empieza el día.

Bicentenaire era un hospital de emergencias, pero también tenía todos los servicios básicos de un hospital: medicina interna, pediatría y una neonatología pequeña, cirugía, sala de partos y, desde luego, una sala de urgencias, que era donde había más pacientes. Éramos dos médicos, el pediatra Pascual y yo. Tres meses antes de cerrar el proyecto de Bicentenaire, Pascual tuvo que partir y quedé con el inmenso reto de llevar también la pediatría, junto a un staff nacional de aproximadamente 10 médicos entre generales y especialistas.

Como médico de terreno estaba a cargo de urgencias, medicina interna y cirugía. Luego se sumó el Centro de Tratamiento de Cólera. Atendíamos a aproximadamente 50 pacientes por día en la urgencia, donde se encontraban todo tipo de casos. El día pasaba muy rápido entre tanto trabajo; definitivamente trabajar en urgencias en la zona de Bicentenaire – que fue un punto importante del brote de cólera – era un gran reto. Sin embargo, teníamos un fantástico equipo de trabajo, ya estábamos tan coordinados que todo fluía de maravilla con el equipo y los pacientes.

Cuando se dio el pico de la epidemia de cólera, en junio, Bicentenaire estuvo a cargo de los pacientes complicados, es decir, de aquellos que presentaban también otras patologías, como VIH, hipertensión, diabetes y neumonía, entre otras. Fue un gran desafío, porque eran casos complejos y muchas veces llegaban en muy mal estado. Algunas noches nos quedábamos en el hospital de guardia, como la primer noche del pico de cólera. Fueron tiempos de mucha tensión.

Cuando pasó la fase de emergencia en Haití y comenzó la fase de reconstrucción, MSF decidió cerrar el Hospital de Bicentenaire. Bicentenaire cumplió un rol muy importante para Port-au-Prince, y el cierre del proyecto no fue nada fácil.

Luego de cerrar el proyecto, continué con MSF en el norte del país, en Port-de-Paix, donde fuimos por la urgencia de cólera. Era un contexto completamente diferente al primero. Apenas llegamos, encontramos cerca de 400 casos de cólera y un ministerio que no daba abasto con la respuesta a la urgencia. En una semana logramos estabilizar el hospital, crear una zona para tratamiento de cólera con más de seis tiendas en el exterior del hospital, y pudimos llevar todos los insumos para los pacientes. También se hizo una fuerte campaña de difusión y prevención de la enfermedad.

A pesar de todo el trabajo, cada día que pasaba estaba marcado por un caso, un caso que tenía rostro de niño o de viejo, que entraba por la puerta de la urgencia, a veces sin saberlo. Poco a poco se fueron grabando en mi memoria caras, nombres y experiencias que estoy segura de que no olvidaré.

Hay muchas historias que han marcado mis extensas jornadas de trabajo en Haití, y que me han dejado gratos recuerdos: la manzana que me regaló la hija de Helenne, una paciente que operamos de urgencia; Jeanne, la niña que recibió un balazo en la manito, y que, luego de perder tres dedos, aprendió a dibujar con la otra mano; David, el bebé que fue abandonado en el hospital; Jean Baptiste, mi primer paciente de tétanos que sabía decir en español “tengo hambre” ... En fin, cada día descubría un nuevo motivo para estar allí.”

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